El frío, el viento y el aire caliente alteran profundamente el equilibrio de la piel.
Alteración de la barrera lipídica
El frío reduce la producción de sebo. Los lípidos epidérmicos (ceramidas, colesterol, ácidos grasos) se reducen. La pérdida de agua transepidérmica aumenta. El resultado: tirantez y molestias.
Estudios publicados en el Revista Británica de Dermatología muestran un aumento significativo de la sequedad y una desorganización del estrato córneo durante el período invernal.
Microinflamación crónica
Las variaciones de temperatura estimulan los mediadores inflamatorios. Esta inflamación leve debilita la piel y aumenta la sensibilidad.
Ralentización de la renovación celular
La vasoconstricción causada por el frío reduce la microcirculación. La oxigenación tisular disminuye. Las células muertas se acumulan. La tez se vuelve más opaca.
El final del invierno es por tanto un momento estratégico para reiniciar los mecanismos naturales de la piel, sin dañarla.